Racionalismo vs Empirismo. Tercero Medio. 21/07
Racionalismo vs Empirismo: razón, experiencia y perspectivas filosóficas
La razón o la experiencia: ¿cuál es la fuente principal de nuestro conocimiento? Esta pregunta ha dividido a los filósofos desde la Edad Moderna en dos corrientes fundamentales: el racionalismo, que enfatiza la primacía de la razón, y el empirismo, que destaca el papel de la experiencia sensorial. A lo largo de los siglos XVII y XVIII estas posturas se opusieron como “dos modelos filosóficos opuestos”, dando lugar a un rico debate sobre cómo alcanzamos la verdad del mundo. En este texto exploraremos en detalle ambas corrientes, sus exponentes principales, algunas ideas clave (como el “genio maligno” de Descartes) y otras cuestiones relacionadas – incluyendo la diferencia entre idealismo y materialismo – para finalmente reflexionar sobre la relevancia de estas posturas en la era de las redes sociales.
Racionalismo: la supremacía de la razón
Retrato de René Descartes (1596-1650), pintado por Frans Hals en 1649. René Descartes es tradicionalmente considerado el fundador del racionalismo moderno. Este filósofo francés, célebre por la frase “Pienso, luego existo” (Cogito, ergo sum), sostuvo que la razón y el pensamiento son la fuente de todo conocimiento humano. En el racionalismo se confía en que el intelecto puede descubrir verdades universales por sí mismo, sin depender (o dependiendo muy poco) de la información proporcionada por los sentidos. En otras palabras, el racionalista cree que llegamos al conocimiento mediante ideas a priori – obtenidas por deducción lógica – independientes de la experiencia sensorial. Descartes aspiraba, de hecho, a convertir la filosofía en una ciencia con un método riguroso, pues a su parecer solo mediante la razón podían hallarse verdades universales.
Los principales exponentes del racionalismo se dieron en la Europa continental durante los siglos XVII y XVIII. Además de Descartes, destacan filósofos como Baruch Spinoza (1632-1677) en los Países Bajos y Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) en Alemania, entre otros. Junto a Descartes, Spinoza y Leibniz forman el trío clásico de los grandes racionalistas modernos. Todos ellos compartían la idea de que la mente alberga al menos algunas ideas innatas (principios o nociones presentes “de nacimiento” o puestas por Dios) y que mediante la deducción y las matemáticas podemos construir gran parte del conocimiento verdadero. Por ejemplo, Spinoza y Leibniz llevaron esta confianza al extremo sosteniendo que “en principio, todo conocimiento, incluso el científico, podría obtenerse por el mero uso de la razón” – aunque admitían que en la práctica humana esto solo es plenamente posible en ámbitos como la matemática.
Pregunta: ¿Por qué crees que los racionalistas defienden la existencia de ideas innatas (presentes en la mente desde que nacemos)? ¿Piensas que nacemos con algún conocimiento, o que nuestra mente es completamente “en blanco” al venir al mundo?
El “genio maligno” de Descartes: la duda radical
Un aporte importante de Descartes al racionalismo fue su método de la duda metódica: cuestionar absolutamente todo aquello de lo que se pueda dudar, con el fin de encontrar una verdad indudable. En este proceso imaginó la famosa hipótesis de un “genio maligno” (a veces llamado “Dios engañador” o demonio maligno). En sus Meditaciones metafísicas (1641), Descartes plantea: ¿Y si existiera un ser sumamente poderoso y astuto que nos engaña sistemáticamente? Tal “genio maligno” podría hacer que todo lo que percibimos y creemos – incluso las cosas aparentemente más evidentes como las matemáticas – fuese falso. Este experimento mental llevó la duda al extremo, poniendo en jaque los sentidos e incluso la lógica básica, para indagar si había algo absolutamente indubitable. Precisamente, Descartes encontró esa certeza fundamental en el hecho de que dudamos y pensamos: si un genio maligno me engaña, de todos modos yo debo existir al menos como una cosa que piensa (de ahí el cogito cartesiano: “pienso, luego existo”). Una vez afirmada esta verdad indudable, Descartes reconstruye el conocimiento aceptando solo aquellas ideas claras y distintas, garantizadas por un Dios no engañador.
La hipótesis del genio maligno ilustra bien la desconfianza racionalista hacia los sentidos: lo que percibimos podría ser ilusorio, por lo que solo la razón puede darnos una base firme. Los racionalistas sostienen que la información obtenida a través de los sentidos no es completamente fiable – los sentidos “pueden ser engañosos y proporcionar información equivocada”. Por ello, enfatizan el uso de la reflexión y la lógica para alcanzar la verdad. Descartes nunca creyó literalmente en la existencia de un demonio engañador; su objetivo era mostrar que incluso en el peor escenario de engaño absoluto, la razón podría hallar una verdad incuestionable (la existencia del propio sujeto pensante) como punto de apoyo para el conocimiento seguro.
Pregunta: Imagina la situación que plantea Descartes: ¿cómo podrías estar seguro de que la realidad que percibes no es un engaño elaborado (como un “sueño” o una simulación estilo Matrix)? ¿Hay algo de lo que puedas estar absolutamente seguro incluso si tus sentidos te engañaran continuamente?
Empirismo: la experiencia como fuente del conocimiento
Retrato de David Hume (1711-1776), filósofo escocés empirista, pintado por Allan Ramsay en 1766. Frente al racionalismo continental, en las islas británicas tomó fuerza la corriente del empirismo. Los empiristas sostienen que todo conocimiento proviene, en última instancia, de la experiencia sensorial. Nuestra mente sería originalmente una “tabla rasa” o una hoja en blanco (idea defendida por John Locke), y «no hay nada en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos». En consecuencia, negan que existan ideas innatas o conocimientos presentes desde el nacimiento: todo lo que sabemos se va adquiriendo a través de las percepciones y experiencias que acumulamos. Un empirista extremo diría que si no hay evidencia aportada por la experiencia, no podemos afirmar ningún conocimiento con certeza. Como lo explica una enciclopedia, “la experiencia es la base, origen y límite del conocimiento [...] un conocimiento es admitido únicamente si es aprobado por la experiencia”.
Los principales exponentes del empirismo surgieron en el Reino Unido durante los siglos XVII-XVIII. El filósofo inglés John Locke (1632-1704) es considerado el primer teórico clásico del empirismo. Locke argumentó, contra Descartes, que la mente humana al nacer es como una “tabula rasa” sin contenidos, y que todas las ideas vienen de la experiencia externa o interna. Por ejemplo, aprendemos qué es el calor o el color rojo solo después de haberlo percibido con nuestros sentidos. Otro gran empirista británico fue David Hume (1711-1776), quien llevó las ideas empiristas a consecuencias escépticas: Hume señaló que incluso conceptos como la causalidad (la conexión necesaria entre causa y efecto) no provienen de la razón pura, sino del hábito de observar eventos juntos en la experiencia. George Berkeley (1685-1753), por su parte, enfatizó la primacía de las percepciones al punto de afirmar que “ser es ser percibido” (esse est percipi) – una postura idealista que veremos más adelante. Junto con Francis Bacon y Thomas Hobbes, Locke, Berkeley y Hume están considerados los empiristas más influyentes de la modernidad. En resumen, para todos ellos el conocimiento empírico (basado en la observación) es el único conocimiento real: las ideas abstractas deben siempre remontarse a datos captados por los sentidos, o de lo contrario carecen de significado o certeza.
Es importante destacar que, si bien presentamos racionalismo y empirismo como visiones opuestas, no siempre se excluyen absolutamente. Varios filósofos reconocieron que tanto la razón como la experiencia juegan roles importantes. Por ejemplo, Immanuel Kant en el siglo XVIII propondrá una síntesis: nuestros conocimientos provienen de la experiencia, pero la estructura y las categorías para entender esa experiencia las pone la razón. De hecho, ya Aristóteles en la Antigüedad – generalmente visto como más empirista que su maestro Platón – valoraba la experiencia sensible y la reflexión racional, considerando que “la perfección es la unión de la experiencia con la razón”. Esto sugiere que en la práctica cotidiana combinamos ambos enfoques: usamos los sentidos para obtener información del mundo y la razón para interpretar esos datos.
Pregunta: En tu opinión, ¿cuál de estas posturas describe mejor cómo obtenemos conocimiento en la vida diaria? ¿Crees que todo lo que sabemos viene de lo que hemos percibido con los sentidos, o piensas que la razón nos permite descubrir algunas verdades por sí sola? Argumenta tu respuesta con un ejemplo.
Idealismo vs Materialismo: ¿de qué está hecha la realidad?
Además del debate sobre el origen del conocimiento, la filosofía ha distinguido posiciones sobre la naturaleza de la realidad. Aquí surge la contraposición entre idealismo y materialismo. En términos muy simples, el idealismo filosófico afirma que las ideas, la mente o el espíritu son la base de todo lo real, mientras que el materialismo sostiene que todo lo real es material o físico en última instancia. Veamos sus diferencias principales:
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Idealismo: postula que las ideas o la conciencia son primarias. La realidad sería, en el fondo, un constructo de la mente; las cosas existen porque las pensamos o porque hay una mente que las percibe. Por tanto, para los idealistas (desde Platón en la Antigüedad hasta Berkeley, Descartes o Hegel en distintas formas), lo mental o intangible prevalece sobre lo material. Un idealista típico diría que los objetos no pueden existir sin una mente que los conciba de algún modo. En consecuencia, la materia es algo secundario, dependiente de la idea o del espíritu. (Un ejemplo extremo: George Berkeley argumentó que el mundo material no existe como tal, sino que son nuestras percepciones en la mente lo que constituye la realidad, y que todo existe en tanto es percibido).
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Materialismo: defiende lo opuesto, que la materia es el principio de todo lo que existe. Para un materialista, las cosas (objetos, cuerpos, incluso procesos mentales) existen independientemente de que haya o no una mente que las piense. El mundo está hecho de sustancias materiales que siguen leyes físicas, y si no hay materia, no hay existencia. Las ideas o la conciencia, en esta visión, serían producto o función de esa materia. Así, la materia no depende de la mente, sino la mente de la materia (por ejemplo, nuestros pensamientos existen porque tenemos un cerebro físico que los genera). Bajo esta perspectiva, la realidad es tangible y puede existir aunque ningún sujeto la perciba. Históricamente, filósofos como Demócrito o Epicuro en la antigüedad, Hobbes en el XVII o Marx en el XIX han sido materialistas, enfatizando que todo fenómeno tiene una base material.
En resumen, el idealismo privilegia lo intangible (ideas, espíritu, mente) mientras que el materialismo privilegia lo tangible (materia, procesos físicos). Esta diferencia también tiene implicaciones: por ejemplo, en cuanto a la existencia de Dios o del alma, el idealismo es compatible con pensar que hay una realidad espiritual más allá de lo material (la divinidad sería esa realidad intangible suprema), mientras que el materialismo tiende a rechazar cualquier entidad no material, enfocándose en explicaciones científicas y comprobables. Asimismo, en la concepción del ser humano, un idealista dirá que lo que nos define es nuestra mente o espíritu, mientras que un materialista dirá que “somos materia organizada” (nuestro cerebro y cuerpo físico determinan lo que pensamos).
Pregunta: ¿Cuál de estas visiones (idealista o materialista) te parece más convincente para explicar la realidad y por qué? Puedes reflexionar, por ejemplo, sobre si piensas que la mente crea la realidad que percibimos o si, por el contrario, la realidad material existe por sí misma aunque nadie la piense.
Razón y experiencia en la era de las redes sociales
Finalmente, resulta interesante preguntarse cómo se manifiestan estas ideas en el mundo actual, especialmente en el contexto de las redes sociales e internet. Vivimos en una época de sobreabundancia de información, imágenes y datos circulando constantemente en nuestras pantallas. Por un lado, podríamos decir que hoy más que nunca confiamos en la experiencia sensible mediada por la tecnología: creemos lo que vemos en fotos y videos, lo que escuchamos en grabaciones, lo que leen nuestros ojos en la pantalla. Sin embargo, también sabemos que esos sentidos pueden ser engañados en el entorno digital: existen deepfakes (videos falsos muy realistas), noticias falsas que apelan a emociones, filtros que distorsionan la realidad, etc. Esto nos enfrenta a un desafío muy cartesiano: ¿cómo distinguir la verdad entre tantas apariencias potencialmente engañosas, similares a las ilusiones del “genio maligno”?
En las redes sociales a veces predominan reacciones impulsivas y creencias no verificadas – imágenes que se comparten sin comprobación, afirmaciones que se dan por ciertas porque “suena verdad” o porque mucha gente las repite. Un pensador empirista nos recordaría la importancia de buscar evidencia: verificar los hechos con datos, contrastar distintas fuentes, experimentar por nosotros mismos antes de creer en algo. Un enfoque racionalista, por su parte, nos invitaría a usar la lógica y el pensamiento crítico: analizar si lo que se dice tiene coherencia, si hay contradicciones, si sigue un razonamiento válido, independientemente de cuán llamativa sea la experiencia presentada. En la práctica, para movernos con verdad en redes sociales necesitamos ambas cosas: afinar nuestros “sentidos digitales” (es decir, ser observadores cuidadosos de la información objetiva disponible) y a la vez “filtrar” todo eso con la razón (dudar, preguntar, no aceptar afirmaciones sin fundamento lógico).
Podemos hacer un paralelismo: así como el debate racionalismo/empirismo llevó eventualmente a combinar razón y experiencia en la ciencia, en la vida digital debemos combinar el dato empírico con el análisis racional. Por ejemplo, ante un rumor en internet, uno debería comprobar los hechos (vía experiencia: buscando fuentes confiables, evidencias) y pensar críticamente (vía razón: evaluando si tiene sentido, qué intenciones puede haber detrás, etc.). Solo la experiencia sin pensamiento nos deja expuestos a engaños, y solo la razón sin contrastarla con la realidad nos haría caer en meras especulaciones. En cierto modo, las redes sociales son un campo donde se libra una batalla diaria entre la credulidad ingenua (creer sin evidencias sólidas) y la duda informada (exigir pruebas y usar la lógica), evocando aquellas preguntas filosóficas clásicas.
Pregunta: Hoy en día, en nuestra interacción con noticias, publicaciones y contenido en internet, ¿dirías que confiamos más en la razón o en la experiencia para conocer el mundo? Por ejemplo, ¿tiendes a creer algo porque “lo viste con tus propios ojos” en un video (experiencia), o necesitas analizar la información y pensarlo detenidamente antes de aceptarlo (razón)? Reflexiona con algún caso concreto (como noticias virales, teorías en redes, etc.) y comenta cómo aplicar un enfoque crítico combinando experiencia y racionalidad.
Conclusión
Tanto el racionalismo como el empirismo, así como el idealismo y el materialismo, ofrecen perspectivas complementarias para entender la realidad y el conocimiento. La historia del pensamiento muestra que ninguna de estas visiones por sí sola tiene todas las respuestas, pero cada una aporta ideas valiosas. En última instancia, aprender de los racionalistas nos anima a pensar con claridad y lógica, y aprender de los empiristas nos recuerda la importancia de atender a los hechos y a la realidad observable. En el mundo actual – lleno de información, pero también de desinformación – el equilibrio entre razón y experiencia, entre ideas y evidencia, resulta más relevante que nunca para acercarnos a la verdad.
Bibliografía seleccionada:
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Cottingham, John. “Rationalism”, en Routledge Encyclopedia of Philosophy, 1998.
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Descartes, René. Meditaciones metafísicas, 1641 (trad. al español).
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Hume, David. Investigación sobre el entendimiento humano, 1748.
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Locke, John. Ensayo sobre el entendimiento humano, 1690.
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Sánchez, J. (ed.). Filosofía Moderna: Racionalismo y Empirismo, Biblioteca Básica de Filosofía, 2020. (Compilación de textos de Descartes, Spinoza, Leibniz, Locke, Berkeley, Hume).
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